Comencé por lo más rácional y equilibrado que me ofrecía la vía médica, una NUTRICIONISTA. Ella, toda una profesional de la alimentación me pesó, midió, tomó la presión arterial y finalmete me pidió un listado pormenorizado de todo lo que había comido el día anterior, sin omitir ni un fugaz dulcecito. A medida que yo le reseñaba un abundante desayuno con jugo de naranja, dos huevos, un poco de mayonesa, tres panes, un poco de margarina, dos tazas de té y etc, la cara de la PROFESIONAL DE LA ALIMENTACIÓN se transfiguraba de desagrado y asco a tal punto que de ahí en adelante mentí sin escrupulos aduciendo una dieta rica en frutas, verduras y jugos cuando en realidad me había desquitado comiendo porque ese sería el último día de desequilibrio y gula.
Sumando en su pequeña cara de ratón meticuloso, me contó como 2000 calorías, con un porcentaje de grasas y otros términos que por lo engorrosos preferí olvidar. Mmmmmmmmmm, mal, mal, mal. Me miró de arriba abajo y deduje por su mirada que si yo me merecía algo por la forma en que me veía, era la muerte.
Lo primero fue reducir mi vida a una dieta de 1000 calorías, una especie de comida para faquir y enfermo terminal; lo segundo fue el ejercicio: necesitaba apuntarme con urgencia a un gimnasio donde gastara las pocas energías que me quedaran con la dieta enterior y finalmente que tendría que asistir a un control semanal para ver como se desarrollaba la pérdida de peso.
Reducir mi vida a 1000 calorías no fue difícil por el primer par de horas, pero la cosa fue decayendo a medida que todos comían los mismos manjares de siempre en mi hogar, mientras yo trozaba con esmero dos hojitas de lechuga y un deslucido huevito cocido en medio de un inmenzo plato blanco.
Pero seguí adelante con una tímida luz de esperanza y sin imaginarme que el paso más trascendental de mi vida se gestaría enfundada en un estrecho (a punto de estallar) traje de gimnasia.