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Terra
La Coctelera

El adonis y la macabra.

Freddy era un verdadero tirano, un adonis tirano que me hacía la vida imposible con tanto sube y baja y tanto abdominal, tanta respiración forzada, tanto sudor...y todo para qué?...para que a la semana sólo lograra bajar 700 gramos, es decir, ni un mísero kilo.
Así las cosas, la nutricionista me envió una nueva reseña del menú transparente que ya se me hacía imposible y todo lo dejó en 900 calorías.
Sin embargo y con bastante sorpresa, el tal Freddy resultó ser un amor y al ver mi esfuerzo supremo por convertirme en la nueva estrella del gimnasio me invitó a salir. Sí, a mi, la última alumna de la clase, la más descompaginada, la de peor performance física, la que todos podrían olvidar frente a lso espejos.
Yo creo que se me fueron los humos a la cabeza y de puro gusto me regalé la oportunidad de ser dichosa con un prototipo modelo.
Fuimos a bailar tecnodance, con los siglos que yo no bailaba no me podía negar aunque el vestido rojo nuevo y los tacos empinados y trasparentes fueran lo menos cómodo para tales ritmos.
En la pista de baile me di cuenta que todos seguían el dictado de sus cuerpos sin mirar a sus parejas y que al rato de contorsionarse y sacudirse podíamos estar bailando con el portero de la disco sin que tuviera mayor relevancia.
De esa forma, perdí uno de mis zapatos y a mi querido adonis y aunque al primero lo recuperé tras buscarlo a gatas en el piso de la disco, al segundo no lo volví a a ver en toda la noche.
Los hombres son bastante originales cuando de invitaciones se trata, porque sabiendo que a una la pueden conquistar con un simple ramos de rosas, una música romántica y hasta una caminata a orillas de un parque donde la cubran con sus brazos a modo de chal, les parece que el estruendo de un bar o la meneada filosofía de una disco pueden dar mejores resultados.

Al otro día, enfrentada a Freddy en mi clase de aeróbicos le arrojé ese tipo de miradas apócrifas que sólo los que están en pecado lograr entender, sin embargo el adonis estaba muy lejos de siquiera recordar que había asistido conmigo a algún sitio.
Así fue como entendí que la dieta estaba haciendo más estragos en mi vida personal de lo que yo me imaginaba, por lo que tomé mis cosas y esa misma tarde renucié al gimnasio.
El resto del mes fui feliz visitando un cine local donde pasaban todos aquellos musicales hollywoodenses clásicos en que las parejas se miraban a la cara para bailar.

En el gimnasio, el proceso evaluativo.

La escuela de deportes, gimnasio o Gym como le dicen algunos, era un edificio grande, pulcro y casi transparente con esa arquitectura de paneles de vidrios y espejos brujos en donde se veía hasta la última sala desde media cuadra antes de llegar a el.
Con tanta sofisticación y modernidad, avancé al mesón donde atendía una flaca...obvio, que si atendiera una gordita, que imagen daría del negocio?...
Con su espigada estructura y enfundada en un strech verde pájaro señido al cuerpo me tiró una mirada de aversión ineludible y sin siquiera disimular gimió por el alto parlante: Freddy, te busca otra gorda!!!!
Ufff, que momento, todo el gimnasio se detuvo frente a mi y hasta se me crispó la escualida merienda de un pomelo dentro de mi vacío estómago.
Freddy era, como decirlo?, un tipo regio, pero realmente regio. Alto, ojos claros, piel bronceada lo justo, con una mirada que demolía y de cuerpo "bien definido" como aprendería después en la jerga del verse bien. Me vió y su cinematográfica sonrisa se escabulló hasta el fondo del pasillo donde se encontraban los vestidores.
Leyó las indicaciones que había anotado la nutricionista con despreocupación mientras le coqueteaba a unas curvilineas clientas que se paseaban cual pavo real frente al adonis, respondía el teléfono y pedía un jugo hasta que con fastidio y antes de que yo abriera la boca me hizo subir a una báscula.
Esa semana ya me habían pesado dos veces, un record innecesario para mi cada vez más arruinada autoestima.
Anotó mis datos y finalmente extrajo de un estuche de cuero un aparato que medía la cantidad de grasa del cuerpo, unas tenazas macabras que a cada centímetro de mi voluminosa anatomía sonaban ruidosamente.
Esto del gimnasio era como un desafío extremo, como montarse a una montaña rusa sin las correas de seguridad, como recorrer los barrios peligrosos mostrando un fajo de billetes, como enfundarse en un traje de gimnasia de la talla 42 cuando yo era 48.
Me veía y me sentía rídicula, pero eso no era todo, fuí a parar a una clase de aeróbicos donde me podía aoscultar desde todos los ángulos posibles en unos espejos inmensos, así que cuando subía la pierna y mis carnes se comprimían con esfuerzo dentro del trajecito, no era sólo mi conciencia universal la que expandía el espectáculo de mi cuerpo, si no la conciencia colectiva de todas las delgadas compañeras que emprendían con más ganas cada ejercicio para nunca llegar a verse como yo me veía.
Cuando salí de esa clase chorreando sudor y lástima me pidieron que expulsara el poco aire que me quedaba por una maquinita que diría cual era mi condición física.
Después del proceso evaluativo que arrojaba puros malos resultados, volví donde Freddy con una nueva hoja. Las indicaciones fueron simples: tres veces a la semana debía hacer media hora de aeróbicos convinados con media hora de ejercicios en máquinas, si era constante y seguía la dieta, en 3 meses vería los resultados, comenzaba al día siguente si pagaba la matrícula y la primera mensualidad.
Si ya había sufrido con los ejercicios, el traje y la verguenza, eso era nada ante los valores del gimnasio, la pura mensualidad reperesentaba parte del patrimonio económico que había ahorrado para cuando mi hijo fuera a la universidad y como para cubrir la matrícula pagué a crédito debí renunciar, eso sí, a los masajes, el sauna y el facial.
Esos eran los primeros pasos que más que adelgazarme a mi, adelgazaron a mi billetera, pero ya estaba decidida, así que al día siguente acudiría a mi cita con el apuesto Freddy sin falta.

La primera dieta

Comencé por lo más rácional y equilibrado que me ofrecía la vía médica, una NUTRICIONISTA. Ella, toda una profesional de la alimentación me pesó, midió, tomó la presión arterial y finalmete me pidió un listado pormenorizado de todo lo que había comido el día anterior, sin omitir ni un fugaz dulcecito. A medida que yo le reseñaba un abundante desayuno con jugo de naranja, dos huevos, un poco de mayonesa, tres panes, un poco de margarina, dos tazas de té y etc, la cara de la PROFESIONAL DE LA ALIMENTACIÓN se transfiguraba de desagrado y asco a tal punto que de ahí en adelante mentí sin escrupulos aduciendo una dieta rica en frutas, verduras y jugos cuando en realidad me había desquitado comiendo porque ese sería el último día de desequilibrio y gula.
Sumando en su pequeña cara de ratón meticuloso, me contó como 2000 calorías, con un porcentaje de grasas y otros términos que por lo engorrosos preferí olvidar. Mmmmmmmmmm, mal, mal, mal. Me miró de arriba abajo y deduje por su mirada que si yo me merecía algo por la forma en que me veía, era la muerte.
Lo primero fue reducir mi vida a una dieta de 1000 calorías, una especie de comida para faquir y enfermo terminal; lo segundo fue el ejercicio: necesitaba apuntarme con urgencia a un gimnasio donde gastara las pocas energías que me quedaran con la dieta enterior y finalmente que tendría que asistir a un control semanal para ver como se desarrollaba la pérdida de peso.
Reducir mi vida a 1000 calorías no fue difícil por el primer par de horas, pero la cosa fue decayendo a medida que todos comían los mismos manjares de siempre en mi hogar, mientras yo trozaba con esmero dos hojitas de lechuga y un deslucido huevito cocido en medio de un inmenzo plato blanco.
Pero seguí adelante con una tímida luz de esperanza y sin imaginarme que el paso más trascendental de mi vida se gestaría enfundada en un estrecho (a punto de estallar) traje de gimnasia.

Como se hace una gordita?

Nacemos y nos hacemos gorditas, la cosa es que si nuestra genética es ampulosa, generosa y contundente, estamos en vías de pasar a engrosar el gran segmento que todos los programas televisivos olvidan, el sector que los modistos famosos aborrecen y las personas a las que las supercadenas de alimentos chatarras agradecen su existir.
Sin embargo, por más kilos que uno trate de disimular, la cosa va por dentro de nuestra espina dorsal y los tejidos adiposos que nos envuelven.
Yo nací con poco peso, casi a punto de visitar la incubadora, hasta ahi, todo bien, llegué a una casa de madre flaca, pero con una autoimagen de gorda, una abuela sobreprotectora y ningún atajo entre mi boca y los manjares ineludibles que desde mis 3 meses de vida fueron entrando a mi cuerpito.
Yo podría hecharle la culpa a esa exquisiteces que preparaba mi abuela para que recuperara peso, o tal vez a la presión que siempre ejerció mi madre porque todo lo de talla 38 me quedara a como diera lugar, o a las tardes irrenunciables de helados con mi padre, o a los gustos con sabor a chocolate después de cada prueba en el colegio, pero para qué buscar las causales en esos sitios, si lo único que puedo aducir es que cuando cumplí los 30 ya llevaba 80 kilos de desesperación y dolor, además de un hijo y un matrimonio.
Ahhh, pero no m separé por gorda, nada de eso, me separé porque me metí con otro tipo, uno al que le gustaban las entrañablemente gorditas, así que entre arrumacos, tentaciones y deseos subí hasta llegar a los 90 kilos.
Irreconocible y nuevamente infeliz decidí que si seguía con el adorador de michelines me daría un cíncope cardiaco, una diabetes galopante o una pobresa extrema para mantener el presupuesto de las 7 comidas diarias que ya se estaban haciendo en casa. Así que opté por darle los últimos resabios de un pastel de papas a mi amante y lo despedí de la misma forma en que llegué a mi primera dieta.